En el período que abarca las décadas de 1970 a 1980 se desplegaron en América Latina un nuevo tipo de Dictaduras: las Fuerzas Armadas en connivencia con amplios sectores civiles provenientes de los grupos económicos hegemónicos  y de las jerarquías católicas se apoderaron del Estado.

La diferencia con las dictaduras “tradicionales” fue que las fuerzas armadas desplegaron lo que denominamos Terrorismo de Estado: planes sistemáticos de represión que incluían las detenciones, los asesinatos y las desapariciones de cientos de miles de personas.

La ideología del terrorismo de estado se nutría en la Doctrina de la Seguridad Nacional que señalaba como “terroristas” o “subversivos” a todo aquel que planteara alguna voz disidente con las propias dictaduras. Así, trabajadores, maestros, profesores, amas de casa, niños, jóvenes, jubilados pasaron a formar parte de los miles de personas víctimas de un orden represivo que desarrolló centros clandestinos de detención, campos de concentración y exterminio y todo un sistema ilegal de represión.

La dictadura de Brasil (1964-1985), la de Pinochet en Chile (1973-1990), la dictadura argentina (1976-1983), la del Uruguay (1973-1985), la dictadura de Stroessner en Paraguay (1954-1989), la de Bolivia (1971-1978), la dictadura Guatemalteca de Ríos Mont, entre otras, son algunos de los casos más resonantes de una época en la que la enorme mayoría de los países de América Latina quedaron bajo el dominio dictatorial. Todas estas dictaduras tuvieron, paradógicamente, el apoyo de los Estados Unidos.