La llegada de nuevos gobiernos en el siglo XXI en América Latina constituyó el escenario desde donde comenzaron a gestarse los proyectos políticos que cuestionaron el paradigma neoliberal. En distintos tiempos y con sus propia características los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela, Lula da Silva y Dilma Rousseff en Brasil, Néstor Kirchner y Cristina Fernández en la Argentina, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador y Tabaré Vázquez y José Mujica en Uruguay han representado rumbos alternativos al modelo del neoliberalismo.

Como rasgos comunes de estas experiencias se puede observar la intención manifiesta de alejarse del modelo de acumulación basado en la valorización financiera para recuperar el rol del Estado en relación a su intervención en la regulación de las variables macroeconómicas. En algunos países, como Argentina y Brasil, que habían experimentado procesos de industrialización durante el siglo XX se buscó retomar ese sendero fomentando la producción local para sustituir la extranjera. Distintos son los casos de Venezuela, Bolivia y Ecuador, cuya matriz productiva era muy diferente ya que se asentaban en sus recursos energéticos como petróleo, gas y sus cuantiosas riquezas minerales. Históricamente, en estos países, las élites propietarias nunca impulsaron un proyecto que desarrolle una economía que agregue valor a los productos primarios exportables ni, mucho menos, derivar sus excedentes hacia actividades industriales. Esta situación comenzó a cambiar a partir de medidas concretas de los gobiernos de Hugo Chávez y Evo Morales que promulgaron leyes que nacionalizaron las empresas petroleras y los recursos hidrocarburíferos que se hallen en los respectivos suelos de sus países.

El posneoliberalismo tiene una clara dimensión política-ideológica ya que el “pos” remite a algo que no puede ser contenido en la democracia liberal. Y algo más importante: la democracia no se agota en la dimensión liberal, que por otro lado no fue un encuentro “natural” sino un proceso conflictivo, no lineal,  de dos conceptos que no tenían necesariamente afinidad y que sólo resultaron complementarios como producto histórico. En este sentido, la intención de trascender el marco jurídico político de la democracia liberal, (aunque contenga ciertos aspectos de la misma), puede observarse en las experiencias de Venezuela, Bolivia y Ecuador que impulsaron y sancionaron reformas constitucionales profundas.

Frente a lo que fue el triunfo político-cultural de las premisas del neoliberalismo cabían las grandes dudas acerca de si el Estado-Nación podía pensarse desde una perspectiva emancipadora. Queda en evidencia, a partir de varias experiencias políticas latinoamericanas que el posneoliberalismo es un proceso en el cual el papel del Estado adquiere otra consideración desde lo valorativo-ideológico y desde las prácticas concretas.

Así como el Estado-Nación es un espacio de reproducción global, de las contradicciones, los enfrentamientos, las luchas y los antagonismos, también puede ser el ámbito de la mediación, la negociación y los compromisos de otras realidades locales.

Está claro que si bien hay un imperativo global, la modalidad de inserción de cada país también está determinada por opciones políticas construidas al interior de cada Estado, y se verán las capacidades relativas para definir cursos de acción con mayor o menor grado de autonomía. Esos cursos de acción no devienen de imperativos globales naturalizados, ni de fatalidades sino de la capacidad de los actores sociales para tratar de incidir para favorecer tal o cual demanda. Algunas de estas experiencias son el resultado de la confluencia entre movimientos sociales (indígenas y campesinos) y partidos políticos cuyo objetivo era disputar el poder estatal y lo lograron como Bolivia y Ecuador. Lugares en los que se están gestando  experiencias novedosas en cuanto a formas de participación y praxis política donde surgen alternativas que pretenden ser superadoras del estado burgués como el estado plurinacional, proyecto no exento de conflictos.